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sábado, 5 de enero de 2013


Rabino

Miro el reloj y son las 6:30 pm, aún falta más de una hora para la cita que tengo con mi amigo, pero la verdad camino con prisa, claramente no porque vaya tarde, sino porque llevo horas con la boca hecha agua pensando en el primer trago de la noche. Como el más consagrado de los alcohólicos sólo pienso en esa refrescante descarga etílica viajando por mis adentros como la forma perfecta de terminar un día de mierda y empezar una noche memorable.

Entre más me acerco al lugar, más me convenzo de que nada ni nadie, va a impedir que en los próximos cinco minutos me tome ese primer trago solitario. Pero como para que algo no pase lo único que se necesita es realmente quererlo, justo a una cuadra de mi destino aparece ese algo y alguien que sin duda alguna va a desviarme del camino. Su nombre es David o al menos así se llama por esa noche. Tiene 45 años pero por su apariencia a simple vista habría podido ponerle 10 o 15 más. No se puede decir que es gordo pero tampoco es flaco es lo que los gringos llamarían chuby, lo que en combinación con su metro y 60 centímetros de estatura lo hace ver más rechoncho de lo que en verdad es.

El punto es que es muy poco agraciado, probablemente por el descuido de su barba y los lentes culo de botella que lleva. Claramente no es su belleza lo que hace que me detenga y posponga ese trago en el que tanto he pensado por las últimas dos horas; pero si la bizarra forma en la que él decide acercarse a mí.

Are you gay? Susurra desde su carro con la ventana medio abierta y como aquel que tira le piedra y esconde la mano.

Excuse me? Respondo.

- Are you gay? because if you are I really need to talk to you. I am desperate and I am willing to generously pay for your time. Are you gay?

Yes, I am. Digo casi como por instinto, mientras me acerco a la ventana del automóvil para ver la cara de quien me habla.
La verdad es que la situación es bastante extraña, en medio del ruido y de ese caos ambulante de la ciudad me encuentro allí, sin saber que contestar a la necesidad de David de hablar con un gay. No conmigo, sino con un gay sin nombre, al que tal vez quiera para picar en cuadros y guardar en el congelador de su nevera para literalmente comérselo de a poquitos; o simplemente como ya lo ha dicho para hablar.

Me tomo unos segundos para meditarlo y llegó a la conclusión que su llamado no es el que hace un asesino de sangre fría, sino un hombre desesperado al borde del abismo, pienso que para no quedarme con la duda sobre lo que lo atormenta lo mejor es aceptar. Además después de un día de mierda tal vez no es un trago lo que necesito para tener una noche memorable. De repente lo mejor que me puede pasar es escuchar la historia de alguien que está peor que yo, la de quien literalmente está en la inmunda.

Desde la ventana le pregunto de qué quiere hablar y le aclaro que no soy ningún puto si es sexo lo que anda buscando. A lo que responde entre lágrimas que realmente lo único que quiere es conversar. Al verlo llorar la curiosidad se empieza a convertir en pereza, pero pienso que ya entrado en gastos que más da escucharle la historia de su vida por un rato y sacar partido de ello. Al fin y al cabo la plata nunca sobra.

Sin pensarlo más le digo que sí voy a hablar con él pero le aclaro que si el carro va a estar en movimiento yo manejo. Él duda por un momento pero al ver que es mi única condición, acepta y se cambia al puesto el copiloto. Empiezo a manejar en círculos por las mismas cuadras, en la misma media hora no sé cuántas veces pasamos por debajo del High Line Park, sólo sé que muchas. Así entré semáforos y trancones, empieza la sesión de sicoanálisis. Juego al loquero, irónico rol cuando no he encontrado siquiera la solución a mis propias angustias; aunque lo cierto es que siempre es y será más fácil ver la paja en el ojo ajeno. 

Empezamos a dar vueltas en círculo por las mismas cuatro cuadras, al tiempo que David empieza contar su historia a pedazos.
Me cuenta que es el rabino de su comunidad, que se acaba de divorciar y que lo único que desea es poder tener sexo con un hombre por primera vez en su vida, pero que su problema es que literalmente no sabe cómo levantarse un tipo en otras palabras que no sabe cómo ser gay. Al principio pienso que su dilema es con dios y que no acepta su homosexualidad, a lo que le digo que aunque tenemos distintas creencias al final del día dios es el mismo, que él es amor y que el acepta a todas sus criaturas tal cual como son. 

Sin embargo ese no es el tipo de charla que David quiere tener. Literalmente ha aceptado su condición homosexual, su angustia no es con dios, es con el hecho de que sabe que su apariencia no es atractiva y que genera rechazo entre los gays.

Durante la siguiente media hora, el tema da infinitas vueltas alrededor del cómo hacer para que David pueda llamar la atención de los hombres, a qué lugares ir, cómo abordarlos, como concretar la situación para que pase del dicho al hecho o mejor dicho al lecho. En pocas palabras lo que él quiere es follar, no conmigo, de mi quiere una guía práctica para conseguirlo, el ABC para que el rabino inexperto pueda conseguir un polvo gay. Hago lo que puedo, pero tengo claro que casi todo lo que le estoy diciendo va a ser inútil si no se corta esa barba larga y descuidada. 

Jugándome la última de mis cartas, le habló de los sitios de ligue online. Cuando lo menciono reacciona primero con escepticismo pero no cierra la puerta a la posibilidad. Cuando le hablo más en detalle sus ojos se empiezan a iluminar, de hecho es la primera vez en la noche que deja el tono de tragedia y de hecho empieza a sonreír. Eureka, encontré la solución que este pastor de almas estaba buscando.    

Son las 7:15 de la noche y parqueo el carro de David en la misma esquina en la que me subí. Le deseo una buena vida y sobre todo una buena cacería y me bajo. Me voy riendo y pensando que tal vez mis métodos no son los más ortodoxos, pero si los más efectivos. Me subí a ese auto a hablar con un hombre deprimido y desesperado y dejé un hombre feliz. No sé por cuanto le dure la felicidad pero ese no es mi problema. Al fin de cuentas la felicidad no es más que momentos, efímeras porciones de tiempo que recibimos a cuenta gotas a lo largo de nuestras vidas.

Camino satisfecho porque hice lo que pude, para ayudarlo, incluso mentirle piadosamente cuando me preguntó si en realidad él era muy feo. La verdad es que sí, pero le respondí que no se preocupará que en este mundo hay demanda para todo tipo de oferta.

Llego a la barra del bar y mi amigo ya está ahí. Me pregunta por mi día de mierda, miro mi billetera y mientras pienso en que me acabo de ganar los $200 dólares más fáciles de toda mi vida, le contesto que al final de cuentas no estuvo tan mal y que esta noche invito yo.  

sábado, 10 de noviembre de 2012




Estefano tiene 35 años, 1,90 cm de estatura, pelo rubio cenizo prolijamente organizado y peinado, piel natural y perfectamente bronceada y una sonrisa casi angelical que puede abrir las puertas del cielo o las del infierno, según sean sus deseos. A pesar de la descripción él no es modelo, ni se gana la vida a costa de su cuerpo; por el contrario es siquiatra y vive literalmente de su cerebro.

Estefano es un ser lleno de contradicciones y pocos clichés, de hecho es un científico que cree en dios y está convencido de que cada coctel de drogas que prescribe a sus pacientes es la sagrada comunión que sus mentes perdidas requieren para llegar al paraíso. Es también el más fervoroso y activo feligrés de la comunidad. El mismo que participa activamente de la eucaristía, el que también dona parte de su tiempo para atender a aquellos caídos en desgracia que no pueden pagar los honorarios de un especialista de su categoría. El mismo por el que las mujeres de la parroquia morirían por desposar pero que resulta ser ciertamente inalcanzable. Y la verdad es que lo es. No tanto por su atractivo físico, como por los disgustos que pueden generar sus particulares gustos.

Cada domingo sin falta va a misa para cumplir con su rutina católica, siempre en el mismo orden: uno confesarse, dos escuchar la palabra del señor, tres recibir el cuerpo de cristo y cuatro volver a pecar. Es precisamente esta última parte de su rutina dominical, la que más disfruta, la que anhela con las mismas ansias que un niño espera la navidad, su fiesta de cumpleaños o simplemente una visita a la confitería. Esa es la razón por la cual una vez se encuentra en medio de esa ocasión que lo convierte en ladrón, no pone ninguna clase límites entre su bipolar existencia y el banquete de excesos al que asiste.   

Después de recibir la comunión se dirige sin ser visto hacia la sacristía para dejar la iglesia por la puerta de atrás, la misma que lo conduce aquel callejón oscuro que lo pone en camino a ese edén negro por el que ha esperado toda la semana. El camino es siempre el mismo. La misma oscuridad, las mismas piedras, las mismas bolsas de basura afuera de cada puerta y una que otra rata que se pasea de un lado al otro. El panorama es ciertamente dantesco, pero para él con excepción de los roedores a los que teme desde niño todo es un jardín de rosas. La primera vez que caminó por ahí, al ver la primera rata, los nervios lo dominaron, al punto de querer regresar. Pero su deseo de llegar al final de la calle era tan grande, que fueron suficientes un padre nuestro y el pensar que si de buenas intenciones está plagado el camino al infierno, infestado de ratas debía estar el camino a su paraíso. En efecto el pajazo mental fue suficiente para vencer el miedo.

Al final del callejón, hay un farol que si acaso alcanza a iluminar el desolado vecindario al que solo es posible llegar caminando, dada la estrechez de las calles. Una vez bajo el incipiente halo de luz, es posible identificar que se trata de una esquina en la que confluyen seis callejones cuatro de ellos con grandes iglesias en piedra en su entrada. El lugar al que Estefano se dirige está ubicado en el callejón del Atrio, o mejor dicho el segundo a su derecha, el mismo de la iglesia que tiene el vitral rojo con la imagen del sagrado corazón de Jesús.

Una vez en la esquina del callejón él cuenta 35 pasos hasta encontrar la puerta de acero de la derecha, la pequeña, no la grande porque en efecto se dirige a un sótano. Una vez en frente de la puerta, su corazón se agita al punto de alcanzar la taquicardia. Se recompone y toca el timbre tres veces, no dos ni cuatro, tres. Acto seguido la puerta se abre y se hace evidente el camino escalonado. Son exactamente 98 escalones, esos también los cuenta a medida que lleva a cabo su descenso.

Una vez abajo, la siguiente mas no la última de las puertas se abre. Su corazón se vuelve a acelerar, sus ojos se abren y una sonrisa se dibuja en su cara. Una vez más está allí, a pesar del miedo a las ratas y de las mujeres de la parroquia. Ese pequeño triunfo le sube el ego en la medida suficiente para sobrellevar exitosamente lo que se viene.

Una vez adentro es otra la rutina: uno sentarse en la barra principal, dos pedir un vaso de Ginebra con limón, tres observar el panorama y cuatro escoger un objetivo. Para ese momento son las 9:30 p.m. por lo que como reza el dicho la noche sigue siendo joven o hasta el momento virgen.

Con el trago en la mano, empieza su viaje por las sombras. La sensación es siempre la misma, una mezcla de incertidumbre, miedo y emoción. Siempre camina hasta el fondo de la oscuridad,  con la misma determinación con la que atravesó el callejón lleno de ratas. Un vez logra tocar con las manos la última de las paredes se da la vuelta y se recuesta a esperar a que algo pase. El resultado es siempre el mismo, dos minutos después empieza a sentir el calor de los que se acercan, no pasan más de diez segundos cuando empieza a identificar el brillo de sus ojos, los de ellos, que aparecen de la nada como los ojos de los gatos en medio de la oscuridad de la noche.

Acto seguido empieza a sentir miles de manos hambrientas por tocarlo y acariciarlo. Mientras se entrega a los toques y caricias anónimas piensa en el Buda de la misericordia y sus mil brazos siempre dispuestos a dar. Sonríe pensando en que en medio de la mezquindad del lugar sigue recibiendo bendiciones como si aún estuviera en la iglesia.

El panorama es ciertamente dantesco, no hay necesidad de luz para saber que los dueños de los brazos no se asemejan a él en lo absoluto, son completamente carentes de belleza, clase y sobretodo inteligencia. En ese lugar, Estefano es como la flor de loto que crece en el pantano, una luz en medio de la oscuridad y la decadencia del lugar. Su belleza y seguridad iluminan no sólo la oscuridad de aquel rincón sino también las vidas de los desdichados que para bien o mal tendrán el placer o la desdicha de haberlo conocido esa noche.   

Las manos van y vienen por cada parte de su cuerpo, generando una excitación única, una explosión adrenalínica tan solo comparable con los efectos de alucinógenos como el éxtasis o de las drogas siquiátricas que diariamente escribe en sus prescripciones. Estefano se entrega al goce mientras espera a que aparezca su elegido. Él sabe que no debe apresurarse que en el momento menos esperado simplemente se manifestará ante sus ojos y sentidos. Y como cada noche de domingo así sucede.

Lo toma de la mano y lo conduce a un rincón privado en el que le pide que satisfaga sus urgencias, las mismas que cualquiera de las parroquianas estaría gustosa por satisfacer.

El personaje accede y piensa que nunca en su vida ha tenido mejor suerte. Pero la verdad es que no es así, lo que le espera está lejos de la buena fortuna. Los siguientes minutos son cargados de jadeos, gemidos, besos y caricias, que se repiten una y otra vez hasta que llega el punto del climax. Ese mismo momento en el que el corazón de Estefano se acelera de nuevo, sólo un instante antes de que él ponga sus manos en el cuello de su elegido y empiece a apretar con toda la fuerza de sus brazos. La escena termina con dos suspiros el de Estefano al terminar de vaciar sus adentros y el del personaje anónimo al perder su último soplo de vida.

Como cada domingo un par de minutos después Estefano recupera la conciencia, se lleva un tranquilizante a la boca y se retira con la calma que caracteriza la mayor parte de su comportamiento. Una vez en su casa reza y se entrega a la culpa que lo acompañará el resto de la semana hasta el domingo cuando pueda confesar sus pecados, obtener el perdón y tener vía libre para volver a pecar. Hasta ese momento el sólo sabrá que se encuentra lejos, aunque no sepa de donde. 

sábado, 22 de septiembre de 2012


'Una moral tan baja como su talla'

Cuando pone el primer pie sobre la arena, todo se paraliza, las cabezas de todos los presentes obligadamente giran hacia donde él se encuentra para permitir a los ojos mirar con comodidad su desfile hasta el centro de la playa. Siempre escoge el mismo lugar. El mismo “hot spot”, en el que él sabe es y será el centro de todas las miradas. La forma como contonea sus carnes de un lado al otro me recuerda los desfiles de las reinas en Cartagena, la misma carnicería, pero sin tan sólo un intento por mostrar algo de clase. No, aquí no hay pie a ese tipo de pretensiones. El acercamiento es al mismo tiempo tan engañoso como honesto. Como dicen por ahí: todos saben a lo que van.

Me resulta bastante curioso el efecto que genera en todos los demás. Al principio pensé que se trataba de algún tipo de impresión dado que es de talla bastante baja, aunque no lo suficiente para ser considerado un “enano” como despectivamente algunas personas llaman a quienes tienen corta estatura. Pero no, la atracción no tiene tanto que ver con cuánto mide como con su moral.

Algunos afirman que hizo el transito perfecto de Beach Boy, primero entregando toallas y tragos a los huéspedes de los hoteles cinco estrellas de South Beach, luego como bartender-stripper en los bares gay, para finalmente convertirse en scort; o como vulgarmente se le llamaría en cualquier parte de Latinoamérica, en un puto.

Lo cierto, es que su contoneo no demuestra bajeza alguna; por el contrario exhibe con alarde una altivez que ralla en la arrogancia. Él sabe que su desfile es admirado y mejor aún bien valorado por los turistas que no escatiman en pagar sus altos honorarios, bien sea por el placer que generan sus talentos en las artes amatorias o por el simple fetiche de cumplir la fantasía de tener entre las sábanas a alguien que puede ser tan bajo y tan alto a la vez.

-“Hola guapo”, alguien le dice.

-“Gracias por el piropo papo, pero si quieres llegar a la siguiente base vas a tener que gastar más que palabras”, dice él.


Acto seguido las palabras dejan de ser moneda y los billetes verdes son la única llave que abre todas sus puertas. Primero las de su boca, de la cual emanan sonrisas casi autenticas y palabras complacientes y tan falsas como la seguridad de su desfile en la playa y su aparente felicidad. Luego las de sus manos, cargadas de roces con las puntas de sus dedos; los mismos que irán a donde quiera que el mejor postor lo requiera. Y si los billetes siguen cayendo en sus bolsillos, las de su piel que permiten caricias y manoseos desprovistos de cualquier clase de inocencia. Claro está que todo finaliza o mejor dicho empieza, en las de sus adentros que de par en par pueden recibir en su pequeña humanidad brutales embestidas, de las cuales como el torero más experto saldrá bien librado tal vez no recibiendo un grito de “ole” como recompensa,  pero si uno de “papi you are the best”, por supuesto acompañado de más verdes.


Su historia que no conozco, no ha de ser muy distinta a la de tantos que como él viven de su cuerpo o mejor aún de las fantasías, inseguridades y fetiches de los demás. Sin embargo, es tal vez la que al menos en mi imaginario de espectador sin nombre, resulta más fascinante, probablemente porque literalmente se ha contoneado frente a mis ojos.

No le conozco y no le conoceré, en realidad no sé si su moral es tan baja como su talla, no le he hablado y estoy seguro de que jamás cruzaremos palabra, pero lo que es claro es que la combinación de su físico, su pavoneo y los rumores que se generan en torno a él; eran algo que no podía dejar de contar o al menos de hacer el intento.