domingo, 28 de enero de 2007

Café y sexo

La rugosa y blanquecina textura del techo, se mantiene intacta, tanto como su mirada. Él mira hacia arriba con las manos sobre la cabeza y con ésta sobre el pecho de otro. En una posición cuasi horizontal trata de ubicar un punto exacto en medio de todos aquellos picos de montaña, hechos de cal y pintura que tanto le recuerdan los Alpes vistos al revés.

Su cuerpo envuelto entre cobijas de lana y algodón trata de no perder el calor obtenido minutos atrás con el desenfreno acostumbrado de todos los jueves. Sus dedos rozan la piel de su acompañante que ríe al verlo mirar el techo con la falsa concentración de un autista y al escuchar sus palabras llenas de una profundidad, que él llama poética al no tener un nombre más adecuado.

Entre caricias y palabras dejan pasar los minutos, al tiempo que se mueven y se tocan ya no con el calor de momentos atrás, sino con la tranquilidad del post orgasmo. Hablan de dar y de guardar, las reglas de un juego de aparente claridad, pero al fin y al cabo de azar. Dicen y dicen lanzando letras de un lado al otro como en una suerte de bombardeo, convirtiendo la cama en un tablero de batalla naval verbal. Se enfrentan y se escuchan con el respeto de caballeros renacentistas. Hablan de lo sacro y lo profano, pero sobre todo de lo humano, de aquello que los junta todos los jueves y sábados. Aquello que hace que sus teléfonos se crucen diariamente para decirse hola y saber que el otro aún respira al otro lado de la línea.

Hablan de cómo perciben ese acuerdo tácito de verse, atravesar la ciudad desde el norte hasta el centro internacional, sonreír, flirtear y hablar hasta llegar a la casa para compartir un café en leche muy claro con un Kent 5 o en su defecto 8 o incluso un Kool Ligth. Se interrogan sobre el por qué luego del humo y de la nicotina hecha gas, siempre se despojan de sus ropas y se dan a la piel.

Piensan, se preguntan y se responden a la vez que sus manos juegan sobre sus cuerpos aún desnudos y juntos. Pero la mirada penetrante de una Frida Khalo alojada en una de las paredes, los interrumpe, los saca de aquel juego en el que las máscaras afloran y la racionalidad es puesta en entredicho. El acompañante mira la hora y decide que es hora de partir a su casa y sobre todo a su cama.

Momento de iniciar con la maratónica labor de encontrar camisas y pantalones; medias y calzoncillos y por supuesto zapatos. Vestidos ya y frente a la puerta, una verdad queda dicha, dos sonrisas quedan dibujadas en sus rostro y un reto queda milimétricamente trazado: seguir conociéndose a través del cuerpo y de las palabras, jueves y sábados, días que de momento para ambos seguirán siendo de Café y sexo.

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