miércoles, 12 de abril de 2006

El Levante

Abrí los ojos y estaba junto mí. Inocente, tierno, con los ojos cerrados y con la sonrisa que sólo otorga la llegada al éxtasis, con quien se ama. Sus brazos se extendían sobre mi torso como las ramas de un viejo árbol que delicadamente sostienen un nido. Su cuerpo desnudo, ardía, era una fuente de calor incandescente, cuya temperatura se mantenía intacta, completamente idéntica a la del primer día.

La composición del cuadro era completamente armónica, totalmente a lugar. Todo parecía ser onírico, casi irreal, pero no lo era; él estaba allí junto a mí, aferrando mi cuerpo despierto al suyo que permanecía casi dormido. Se encontraba punzando el largo camino vertical de mi nuca, con la perfecta y respingada estructura de su nariz, contactándome, acariciándome, recordándome, que era real y que ahora era diferente.

Sin embargo, mi mente corría velozmente, sin quererse dejar llevar por el corazón, anhelaba no dejar avanzar la sensación de triunfo que lo invadía. Esa victoria que me embargaba, al saber que tres años después, todo era diferente, sin desapariciones, sin condiciones, sin preguntas y con muchas respuestas.

Pero la duda era inevitable. Cómo olvidar lo vivido durante tres años. Todo lo ocurrido desde aquel lunes en la noche cuando en medio de la muchedumbre del centro comercial Unicentro, al sur de mi ciudad, una voz extraña pronunció mi nombre, con claridad: Alejandro!

Al llevar la mirada hacia el lugar que mi oído identificaba como el epicentro de aquella voz, lo vi era él: alto, rubio, de ojos claros, desgarbado, pálido y simplón. Por la inmediatez cerebral de mi mente se cruzaron dos interrogantes: el primero; quién era, y el segundo como pudo saber mi nombre.

Mis preguntas fueron cortadas por un certero: “Tenía muchas ganas de conocerte, desde hace rato quería conocer a un periodista”. De inmediato, a mi parecer, la molesta pirámide invertida de mis clases de periodismo escrito, comenzó a tener una utilidad práctica en mi vida. Era claro que no le conocía, pero el sabía mi nombre, mi carrera y quién sabe qué más cosas de mí. Esa situación me asustaba, pero a la vez me retaba; el norte había cambiado circunstancialmente en esa noche veraniega de lunes.

Por ese motivo, pensé rápidamente mientras le observaba de pies a cabeza, mientras trataba de hacerme a una idea sobre aquel sujeto que me abordaba con tanta seguridad y aparente simpatía. “¡Mucho gusto!”, afirme mientras mis pies se acercaban al sujeto y mis neuronas del juicio o mi intuición me dictaminaban que el tipo no parecía peligroso.

Acto seguido con un gesto de desdén, le volví la espalda diciendo: “si le interesa conocerme, deberá acompañarme, pues aún no he comprado aquello por lo que vine. De otro modo, lo lamento pero eso de conocernos no podrá ser. Además es usted a quién le interesa conocerme”. Pese a la displicencia de mis palabras, el hombre aceptó y me acompaño en mi recorrido por aquel lugar de vitrinas, muchedumbre y plantas.

El tipo parecía normal, no obstante, por mi mente no dejaba de pasar sensación de peligro, de inseguridad, pues mi única certeza era que no sabía nada de él y que en tanto no podía tener el control de la situación. Mi conciencia me dictaba huir de allí, alejarme del lugar, pero algo dentro de mí me mantenía allí intacto, plantado a su lado. Era como si él, en medio de su desgarbo tuviera la fuerza de un imán que me atraía y me obligaba a compartir nuestras presencias.

De otro lado, entre los pasos, vitrinas y minutos que corrían velozmente; en mi cabeza se gestaba una obsesión: no regresar a casa, sin antes saber como pudo conocer mi nombre y profesión ese individuo que pese lucir ropa costosa y moderna y a ver el mundo a través del cristalino azul de sus ojos rasgados, a mi juicio resultaba simple, poco agraciado, feo y vulgar.

En efecto, el tiempo no se detuvo, mis compras ya estaban hechas y no tenía nada más que hacer en aquel lugar, sin embargo, el deseo de cumplir con mi nueva pulsión obsesiva me mantenía firme en el lugar. Pese a que la noche avanzaba y a no tener dinero para pagar un taxi que me llevara hasta mi casa, decidí continuar junto a aquel hombre que más que comodidad me generaba perturbación.

Entre pensar, en mi obsesión y en el cómo llegaría a casa, nuestros pasos ciegos nos dirigieron por un lado y por otro como en una suerte de ruleta de la fortuna. De esa forma al ver un cartel de una película en estreno, el hombre de la nariz respingada me invitó a verla, así pues, el azar intervino de nuevo, para retenerme por más tiempo en la compañía de aquel misterioso hombre.

Entramos al cine y vimos un filme completamente desagradable para mí. La pieza cinematográfica poseía toda la esencia bélica, del cine hollywoodense, lo cual marcaba una total contravía hacia mis gustos acerca del séptimo arte. Era irónico, yo acostumbrado a ver las cintas latinoamericanas, independientes o europeas me veía encerrado entre la pantalla y aquel hombre que más disímil a mí no podía ser.

Sentía que las balas del escenario ficcionado de la película me alcanzaban o que los gases de los enfrentamientos me asfixiaban, pues así me sentía ahogado. Hasta que percibí sobre el costado de mi abdomen el suave roce de unos dedos que parecían perderse en los recovecos de mi piel, la situación no me desagradaba, por el contrario me excitaba, me atraía, me complacía. El roce se prolongo por un momento y luego por otro y por otro, me involucraba en una cadena de sensaciones que nunca imagine experimentar al verme a abordado por aquel individuo horas antes.

La cinta termino a tiempo, pues de no ser así los dedos en mi torso me habrían llevado al éxtasis total y podría haberme visto en apuros. Del anonimato público de aquel recinto Salí más consternado aún, por un lado me seguía preguntando como aquel individuo conocía mi nombre, y por el otro me cuestionaba racionalmente el por qué no opuse resistencia ante las lubricas caricias de aquel desconocido.

Me apresure a salir de allí, no quería verle, sentía pánico. Temía que su amabilidad fuera una mascara. Sus caricias ponían ante mis ojos, su atracción sexual hacia mí y mi placer y gusto para con un personaje al que había mirado con desdén y poco agrado. Me alcanzó, me invito a tomar un taxi en su compañía. Me negué, pero él insistió, afirmando no separarse de mí hasta dejarme seguro en mi casa o en su defecto en un taxi.

Tratando de huir de la presión que me significaba la insistencia y actitud de aquel hombre, comencé a caminar, sin hablar. El individuo, seguía cada uno de mis pasos, como si estuviera siguiendo el camino hacia un tesoro misteriosamente escondido. Yo lo miraba con desconfianza, mientras él siempre tenía una sonrisa para mí.

Poco a poco, sus palabras y sonrisas lograron romper de nuevo la muralla de hielo que yo había interpuesto entre los dos. Sin pensar las cuadras pasaban y nuestras risas se quedaban para crear una atmósfera, de confianza y tranquilidad. De ese modo, entre risas y cansancio, transcurrieron no sé cuantos minutos y la distancia entre el centro comercial y mi casa fue vencida. Las casi cincuenta cuadras que separaban mi cama de la sala de cine desaparecieron y nos vimos frente a la puerta de mi casa.

Una vez allí, el lazo debía romperse, simplemente yo debería entrar y olvidar lo sucedido. No dar mayor importancia a lo ocurrido y continuar con mi vida normal. Sin embargo en un arranque decidí, pedir al desconocido su número de celular, convencido de que dado su interés no opondría ninguna clase de objeción. No obstante, el hombre, que hasta ese momento parecía ser muy descomplicado, afirmó no estar interesado en darme su número, por el contrario me pidió el mío y aseguró llamarme en otra oportunidad.

Confundido por la respuesta y sin haber logrado satisfacer mi pulsión obsesiva, no tuve más remedio que darle mi número, con la intención de que en una nueva oportunidad, él me confesará la razón por la que sabía tantas cosas de mí. Así pues, entré a la casa, al cuarto y sin sueño, me enfrenté a una noche de dudas, inquietudes y ansiedad, mucha ansiedad.

Por mi mente, no dejaba de pasar la pregunta del cómo pudo tener mi nombre, y la convicción de que mis preguntas se quedarían sin respuestas, ya que esa voz chillona y corriente no volvería a alterar la paz de mis oídos y de mi ser en general.

Al día siguiente, todo parecía transcurrir en una entera tranquilidad y normalidad, aunque recordaba lo ocurrido la noche anterior, ya no estaba tan ansioso, pero la duda era latente en mí razonar. Así como lo era, la intuición de que aquel individuo no marcaría jamás los diez números de mi teléfono celular, las diez cifras que unirían de nuevo su estridente voz con la mía.

Inesperadamente, todo ocurrió de manera contraria y el milagro se dio. El reloj marcaba las 3:15 de la tarde, la misma hora en la que 20 años antes, vi por vez primera la luz del mundo y de la vida. Era su voz chillona, simplemente, era él.

“Hola que estas haciendo”, fueron sus palabras, “nada, aburrirme”, fueron las mías, mientras en la televisión, la nana Fine vociferaba con una voz casi tan estridente como la suya. Inmediatamente se concretó la primera de tantas citas, que tuvimos a lo largo ancho de esta ciudad plana, de contrastes y buses con colores tropicales.

Así fue, durante meses se dieron nuestros encuentros anónimos, sin explicaciones, ni razones, sin ningún por qué o para qué, simplemente eran nuestras presencias compartidas, tan sólo era la unión de dos soledades y de dos sentires, solamente dos cuerpos que se unían y fundían en uno por unos cuantos minutos, para luego tras una sonrisa y un apretón de manos desaparecer en su clandestinidad.

Durante meses le amé en silencio, durante meses no supe, que él me amó. Durante innumerables ciclos de 30 días no supe que mi nombre lo había escuchado en un pasillo de la universidad en la que ambos estudiábamos. Así fue, coincidencial, confidencial y anónimo. Dos sombras que en la oscuridad de la noche se encontraron para entregarse la una a la otra, a veces sin musitar palabras, tan solo actos de pasión y por qué no? De un amor disimulado, por parte de ambos.

Pero un día las palabras llegaron; y con ellas también las ausencias. Y empezó un nuevo ciclo, en la seudo relación que se empezaba a dar entre ambos. Dos personajes de la penumbra, que entre el sudor y la luz de la luna a veces llena y otras menguante nos arrastrábamos por los caminos de los más bajos deseos de nuestras carnes humanas y sobre todo masculinas.

Una noche, en medio del silencio sepulcral de mi casa, aquella en la que mi familia dormía, desnudo junto a mí y sobre la alfombra, pronunció las más bellas palabras que su boca a medio dibujar pudo expresar alguna vez; afirmó amar lo que sentía cuando estaba junto a mí. Yo no podía ser más feliz, me sentía realizado y más que eso: correspondido.

Pero la felicidad no fue mucha, tras lo besos y las caricias ocurridos en esa habitación a medio iluminar; su boca ahora muy bien dibujada con trazos duros y desfigurados dijo: “nos vemos en un mes”. Y así fue, un mes después reapareció para luego tras un te amo disimulado, desaparecer una y mil veces, hasta que ya no pude tener la cuenta de su intermitente presencia en mi vida. Por eso mi alma se vistió de duelo y de luz, de forma cíclica cada vez que su sonrisa maquiavélica, reaparecía ante mis ojos estupefactos y ávidos de él.

Entre espacios negros de duelo y resplandecientes momentos de luz, corrieron como atletas descalzos días y meses, de los cuales mi memoria no pudo tener registro. Con aquel inclemente paso del tiempo los duelos dejaron de ser de intervalos de 15 días o de uno o dos meses, pasaron a ser indefinidos; relegando los momentos de luz y goce a reducidos instantes, a migajas de un amor a medias.

Paulatinamente, su presencia fue desapareciendo de mi vida, sus ojos dejaron de verme, o como él decía: de admirarme. Su voz chillona dejo de hablar a mis oídos, dejo de armonizar a mi escucha, porque la costumbre y el sentimiento con su fuerza descomunal y carente de razón, lograron que todo aquello que del rubio simplón me resultaba desagradable, se convirtiera en magia, en química, que ponía mi cuerpo y mis sentimientos a reaccionar. Poco a poco la melodía dance de mi celular Nokia dejó de sonar a él, mis sabanas dejaron de oler a su presencia intermitente, mi cerebro dejó de pensarlo, mi memoria de recordarlo y mi corazón de sentirlo.

En aquel momento terminaron dos años de una entrega a medias en la que yo, que me estrenaba por los complejos escenarios de la homosexualidad, con un hombre que muy a pesar de gozar del sexo y del cariño con otro hombre, incluso más que con sus novias, nunca aceptaría mi amor con libertad y mucho menos el ser catalogado como igual a mí.

Cada día pensaba menos en él, en mi adorado rubio de ojos celestes y aspecto simplón, en el mono feo que llenó de fuego mis noches y de confusión mis emociones. Cada semana, su inexistente presencia pasaba menos por el espacio sideral y negro de mi mente. Cada mes, mi cuerpo esperaba menos la sensación del roce de sus dedos por los recovecos de la piel que aún lo cubre.

Así fue, el tiempo empezó correr velozmente y mis ojos se perdieron en el mar aguamarina de otros ojos y mi corazón se arriesgó a iniciar de nuevo la aventura, de conquistar otro corazón.

Todo parecía marchar bien pero una vez más y sin un nuevo por qué, mi corazón y mis emociones fracasaron y nuevamente, me enfrenté al duelo de aprender a soportarme a mi mismo y de aceptar mi presencia en soledad.

En aquel momento, decidí mantenerme en pie, aceptarlo todo y vivir mi soledad, fue allí cuando caminando por la Pasoancho, la misma avenida por la cual, caminé en su compañía tres años atrás, lo reencontré a él, con la misma sonrisa con aire maquiavélico de siempre, con sus ojos azules más celestes que de costumbre y con el desgarbo que siempre lo caracterizó.

Con aquel mismo descaro con el que iba y venía de mi vida, me saludo como si nos viéramos todos los días: “hola Alejo como vas…” “ole” contesté, a la vez que sonreía, tal vez de sorpresa, emoción o de simple flirteo.

Minutos después al calor de los tragos que iban y venían, conversamos largamente, intentando desatrazarnos de lo sucedido en nuestras vidas luego de 365 días de no cruzar nuestras palabras ni nuestras presencias. Hablamos como nunca, parecía que ese día no existirían los actos mudos de otros tiempos. Le hablé de mis planes, de mis proyectos, de mi intención de alejarme del calor y de la anatomía tropical urbana de Cali. Le conté de mis ganas de vivir nuevas experiencias en otro lugar, lejos de la vida provincial y arribista con aire a metrópoli de nuestra ciudad.

El me habló, de su nueva novia, de sus aventuras con otros hombres y de lo imposible que le resultó encontrar placer sexual con un hombre distinto a mí. Sin embargo, eso no fue lo realmente importante caída la noche caminando por la bella Cali, la del río, el gato de Tejada, el oeste y el estrato seis de gente linda, tomó mi mano y me llevo a su cuerpo, sin importar las miradas inquisidoras y expectantes de los transeúntes y los conductores, me besó frente a los juicios silenciosos de nuestra parroquial sociedad de pueblo ciudad. Al terminar de mojar mis labios con su saliva que yo había olvidado ya; su boca volvió a dibujarse por completo y me dijo: “Ale, no quiero que te vayas lejos, lejos de mí”.

Confusión, interrogación, deseo, sorpresa y hasta ilusión, pasó por mi mente y por mi corazón, mientras que nuestros pasos volvían a encarrilarse en la ruleta de la fortuna de la primera noche veraniega de lunes. Ahora, todo con un aire diferente, él tomaba mi mano, apretándola como si fuese esa la última vez que la tendría junto a la suya. Esta vez la travesía no terminó frente a la puerta de mi casa, de hecho, comenzó en la puerta de su casa que jamás había conocido, de la que ni siquiera el número telefónico sabía. Esa noche como cayendo en un abismo ya conocido nos entregamos a la locura de un fuego que aún no se había extinto.

No sé por cuantas horas hicimos el amor hasta caer profundos de sueño, hasta desvanecerme en el calor de su cuerpo que se mantenía intacto a la primera vez. Tampoco sé cuantas horas han pasado hasta este momento en el que abro los ojos y lo veo junto a mí, inocente, tierno, con los ojos cerrados y con la sonrisa que solo otorga la llegada al éxtasis, con quien se ama. Mi cabeza, no puede decirme durante cuanto tiempo sus brazos se han extendido sobre mi torso como las ramas de un viejo árbol que delicadamente sostienen un nido.

Mi mente no puede recordar esos detalles, esas simplezas, sólo puede afirmar, que en medio de los besos y de la lucidez de algunos instantes, él me ha rogado mantenerme a su lado para recibir su amor, como siempre lo quise. Que en el calor del reencuentro me ha hecho prometerle que si al despertar estoy junto a su cuerpo, me quedaré para arriesgarme a vivir un amor completo, sin rodeos ni desapariciones, con presencias y sin ausencias.

Pero, para este entonces más que presencias, quiero ausencias y más que las suyas las mías, por eso mientras he reconstruido el rompecabezas de aquel seudo amor sin por qué ni para qué, mi ropa ha vuelto a mi cuerpo y mis pies, a la calle por la que transitamos aquella primera noche y esta última. He vuelto a esta calle, para entre seres anónimos y automóviles caminar por ella en busca de mi soledad y de un amor completo que como los planetas este alineado, en el tiempo, en el espacio y en los colores carnavalescos de esta ciudad contrastada y plana, alineado en todo aquello que constituye mi esencia, algo que vaya más allá, alguien que sea más que un levante.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Alejito.....Lo recuerdo como si fuera ayer, Tomb Raider fue la película
Sabes que fueron momentos muy lindos y cheveres , me encanta saber que estas
muy bien. Te deseo muchos éxitos ....veo que has logrado lo que hablamos.
un abrazo amigo,
Tu levante de unicentro.