viernes, 14 de abril de 2006
Timador timado
En el sonoro bus, que en medio de la noche de un lugar llamado Cali, adiestraba a todas y cada una de sus partes, para que desde las desbarajustadas sillas hasta la corroída pintura, se constituyeran en orquesta ambulante; sentado allí, el hombre de los ojos grises pensaba. Mientras al mismo tiempo en el teclado de su mente escribía acerca de ella, de los cálidos besos de aquella noche de magia y confusión, de la ternura y sonrisa de la mujer anónima, que sin reservas y en medio de la brisa, a través de su boca le entregó algo más que su corazón.
Al aterrizar de su viaje onírico escritural, por el mundo de sus recuerdos no fragmentados, se reconoce una vez más inmerso en la orquesta ambulante, preguntándose cómo pudo llegar a esa situación, cómo su corazón pudo tornarse tan confundido. Al mirar por la ventanilla, observa en el paradero a un bello hombre cuyos calendarios no pasaban de veinte, de apasionantes ojos verdes y grises barbas a medio rasurar. Mientras le observa con gusto y detenimiento se pregunta qué lo llevó a besar aquellos labios femeninos cuyas delicadas curvaturas y texturas cree ahora reconocer en el iris verdoso y lagunesco de aquel hombre.
Entre pensar y mirar, el arcaico vehículo continúa su rumbo y entre tanto el adonis de los ojos verdes se pierde a lo lejos. Desde su chirriante silla logra identificar en la siguiente parada la imagen de la mujer de los besos y la sonrisa tierna esperando por él. En medio de su dilema y al ser el momento de enfrentar su batalla de sentimientos, se levanta y dirige su dedo índice hacia el pezón que
Parece tener por timbre aquel conjunto de metal rodante; el mecanismo chirriante se detiene y el hombre se apresura a posar en tierra firme sus piernas temblorosas e inseguras para caminar hacia ella.
Respira hondo, levanta el rostro y dirige su mirada al punto exacto, milimétrico y casi cartesiano en el que divisó por última vez a la mujer causante de la confusión y los sentimientos encontrados. Sin embargo, pese a la rapidez de sus ojos ávidos de ella, sólo logra encontrarse con un espacio vacío y una línea recta que le indica que la mujer camina en una dirección distinta a la de su encuentro.
¿Se habrá cansado de esperarme?, ¿estará enojada por ello? O será más bien que sabe lo de… se pregunta el confundido ser. Mientras se apresura a alcanzarla, siguiendo sus pasos con sigilo y desesperación, pensando en el dolor que le causará a su amada su gusto particular por los miembros de su mismo sexo.
Así, con un diluvio de ideas cayendo una y otra ves sobre el espacio sideral de su mente, siguió los pasos de la mujer que se adentraba en la oscuridad de una vieja zona verde de la ciudad, a la que llaman El parque del Acueducto. Al timador de corazones le pareció extraño, el peligroso lugar al que la lastimada fémina se dirigió con prisa, no obstante, ese hecho aislado ante sus remordimientos por las miradas al hombre de la ventanilla del autobús no significó nada; pues el solo podía pensar y sufrir por el disgusto que le generaría a la mujer de los besos, sus gustos de hombre no heterosexual.
En su discusión interna, no se percata de que la mujer tiene nueva compañía, pero… ¿qué es lo que ve? Los labios cándidos que le entregaron la calidez de ese hermoso ser, besaban a otros labios y sus manos que acariciaron su rostro aquella noche de brisa; se perdían entre unos cabellos más largos que los suyos y sobre las finas curvaturas de unos grandes y tonificados senos, que, obviamente él no tenía y que por más proximidad que pudiera tener con el sexo femenino no deseaba tener.
Una vez más, el hombre de los sentimientos confusos no supo qué pensar, ni qué sintió, tan sólo atinó a retirarse del lugar, tan sigilosamente como había llegado, mientras se decía a sí mismo que los heterosexuales tenían razón al decir que no es posible entender a las mujeres, y que esa era una válida razón para volver en busca de unos ojos verdes y una barba gris a medio rasurar
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